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Issey Miyake hablando en una conferencia de prensa en el Centro Nacional de Arte en Tokio en 2016
Issey Miyake dirigiéndose a la prensa en el Centro Nacional de Arte en Tokio, marzo de 2016. Fotografía de Hsinhuei Chiou, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. Durante más de seis décadas de práctica, Miyake redirigió el diseño de prendas lejos de la vanidad estacional hacia la ciencia de materiales, el movimiento ergonómico y la utilidad democrática.
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Issey Miyake: movimiento, tecnología y el plisado

Publicado octubre 13, 2026 Última revisión octubre 13, 2026

Issey Miyake nunca se consideró un couturier; operaba como un diseñador industrial cuyo medio crudo resultaba ser la tela. Mientras la moda parisina del siglo XX se aferraba a la fantasía aristocrática de la exclusividad de costura a mano y la disciplina corporal con corsé, Miyake miraba hacia la utilidad democrática de la línea de ensamblaje, la química de los polímeros sintéticos y la mecánica desenfrenada del movimiento humano. Surgiendo del Tokio de la posguerra tras sobrevivir a la destrucción atómica de Hiroshima a los siete años, llevaba una aversión al luto nostálgico y la vanidad decorativa. Su laboratorio en Tokio desmanteló el dogma fundamental del corte de patrones occidental: la creencia de que la tela plana debe ser tallada, marcada y forzada contra la piel en un molde anatómico idealizado. Junto a contemporáneos explorados en nuestro monográfico sobre El Vacío Espacial (, Issey Miyake destruyó los estándares de belleza eurocéntricos. Al inventar el plisado de prendas en 1988, lanzar Pleats Please en 1993 y diseñar el tejido digital sin desperdicio a través de A-POC en 1999, Miyake transformó el poliéster sintético en arquitectura de alta tecnología, demostrando que el verdadero lujo de vanguardia libera el cuerpo en lugar de restringirlo.

Las casas de moda fabrican obsolescencia; Issey Miyake diseñó infraestructura.

Mientras los conglomerados de lujo europeos se fijaban en las fluctuaciones estacionales de los dobladillos, el hardware dorado y los signos de estatus diseñados para vitrinas de museo, Issey Miyake trataba la prenda como una interfaz ergonómica. Quería saber qué pasa cuando un cuerpo corre por una habitación, se sienta con las piernas cruzadas en una estera tatami o empaca un guardarropa en una bolsa de viaje sin invocar una plancha.

Su trabajo demolió la premisa fundamental de la construcción sastrera occidental. Durante tres siglos, la alta costura parisina operó bajo un principio invasivo y sustractivo: las tijeras del sastre cortaban textiles planos en fragmentos geométricos, marcando y cosiendo sobre relleno de crin para forzar los suaves contornos de la carne humana en una silueta anatómica rígida y europea. Miyake eligió un camino alternativo. Empapado en la mecánica espacial japonesa tradicional, la química industrial y la ingeniería mecánica, trató la ropa como un continuo ininterrumpido entre la tela y el movimiento. Sus prendas no dictan la postura; se adaptan al impulso del portador.

Issey Miyake speaking at a press conference at the National Art Center in Tokyo in 2016
Issey Miyake dirigiéndose a la prensa en el Centro Nacional de Arte en Tokio, marzo de 2016. Fotografía de Hsinhuei Chiou, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. Durante más de seis décadas de práctica, Miyake redirigió el diseño de prendas lejos de la vanidad estacional hacia la ciencia de materiales, el movimiento ergonómico y la utilidad democrática.

La revuelta contra la alta costura: mayo de 1968 y el mandato democrático

Miyake aprendió las reglas de la sastrería europea solo para desecharlas. Después de graduarse con un título en diseño gráfico de la Universidad de Arte Tama en Tokio en 1964, donde realizó su primera exposición, Un Poema de Tela y Piedrase trasladó a París en 1965 para inscribirse en la École de la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne. Absorbió la rigurosa artesanía del drapeado clásico, sirviendo como asistente de Guy Laroche y posteriormente dibujando bocetos en los tranquilos atelieres de Hubert de Givenchy. Observó a las aristócratas mayores someterse a tres pruebas para un solo vestido de noche de tafetán de seda. La disciplina era inmaculada; el propósito se sentía muerto.

El punto de quiebre llegó en mayo de 1968. Las piedras volaban por el Boulevard Saint-Michel mientras estudiantes y trabajadores de fábricas llevaban a París a un paro económico, ocupando universidades y exigiendo el desmantelamiento de las jerarquías burguesas. Atrapado dentro de su apartamento, Miyake miraba desde su ventana hacia las barricadas. La revelación llegó con total claridad: la alta costura era un relicario decorativo arcaico que funcionaba para menos de tres mil mujeres ricas en todo el mundo. Afuera, el verdadero siglo se desplegaba en jeans, chaquetas de trabajo y camisetas de algodón. ¿Por qué diseñar jaulas doradas cuando la gente necesitaba ropa para correr?

Cruzó el Atlántico hacia Nueva York en 1969, ocupando un puesto con el diseñador estadounidense de prêt-à-porter Geoffrey Beene en la Séptima Avenida. Allí, fue testigo de la velocidad industrial de las mesas de corte automatizadas, las mezclas de fibras sintéticas y las prendas atléticas funcionales. Cuando regresó a Tokio en 1970 para establecer el Estudio de Diseño Miyake (MDS), su mandato era claro: no haría moda para elites. Produciría herramientas universales para vivir.

Sus presentaciones inaugurales en Nueva York en 1971 y París en 1973 señalaron una ruptura inmediata. En lugar de chaquetas a medida con rígidos lienzos de crin en el pecho, envió abrigos sin forro cortados de lona de judo cosida en sashiko japonesa, algodones teñidos a mano y monos utilitarios. Las prendas no presentaban botones, ni cremalleras, ni forros internos. Los críticos occidentales, acostumbrados a la elegancia estructurada de Yves Saint Laurent, luchaban por categorizar prendas que se asemejaban a cometas sobredimensionadas hasta que un cuerpo humano activaba sus pliegues. Miyake había sembrado las semillas de una revuelta industrial.

Un Trozo de Tela (A-POC): La geometría de hilo único del vestido plano

La sastrería europea corta la tela; la confección japonesa la respeta. En la tradición del kimono, una prenda se ensambla a partir de un solo trozo de tela de treinta y seis centímetros de longitud (*tanmono*), cortada estrictamente a lo largo de líneas geométricas rectas y cosida sin costuras curvas ni marcadas. El tejido sobrante se pliega en los dobladillos en lugar de ser desechado en el suelo del taller. El textil permanece como un plano autónomo; se envuelve alrededor del portador, mediado por el aire vacío entre la piel y el tejido, el intervalo espacial conocido como Kawakubo aflojó intencionadamente los tornillos de los telares industriales para producir prendas de punto llenas de puntos caídos asimétricos y agujeros abiertos, ejemplificado por su legendaria colección de 1982.

Miyake elevó esta filosofía cultural a una doctrina de diseño industrial denominada Un Trozo de Tela (A-POC). Formuló la premisa con engañosa simplicidad: comienza con un solo hilo, introdúcelo en una máquina y sal con una prenda completa sin cortar ni coser una costura. La fabricación convencional en masa genera un desperdicio catastrófico, desechando rutinariamente entre el quince y el veinte por ciento de la tela tejida en recortes de la sala de corte. Miyake encontró esta derroche intolerable. Quería que el telar se comportara como una impresora orgánica.

En 1999, trabajando en estrecha colaboración con el ingeniero textil Dai Fujiwara, Miyake presentó la realización comercial de A-POC. Utilizando telares jacquard industriales controlados por computadora, el equipo de MDS programó algoritmos digitales que entrelazaban hilos de urdimbre y trama en textiles tubulares continuos de doble capa. A medida que la máquina funcionaba, no tejía tela plana; tejía chaquetas, faldas, guantes y bolsas terminadas incrustadas directamente dentro de la estructura tubular, completas con dobladillos acabados y ribetes estructurales.

El consumidor participaba en el acto final de fabricación. Rollos de punto rojo o negro emergían del telar como enormes rollos de toallas de papel perforadas. Usando tijeras comunes, los usuarios cortaban a lo largo de los débiles contornos punteados en el hilo para liberar sus prendas. Debido a que la computadora programó las fibras sintéticas para fusionarse automáticamente en las líneas de límite, los bordes nunca se deshilachaban. Sin aguja. Sin hilo. Sin desperdicio. Un rollo tubular plano se desenrollaba en un guardarropa completo, uniendo la lógica antigua de urdimbre y trama con la producción algorítmica digital.

Archival Issey Miyake Rhythm Pleats garment from 1990 showcasing architectural pleated polyester construction
Prenda de archivo de la colección Rhythm Pleats, Otoño/Invierno 1990. Fotografía de ellenm1 / Flickr, Wikimedia Commons, CC BY 2.0. Cortada y ensamblada a casi tres veces la escala terminada antes de pasar por rodillos de prensado en caliente entre hojas de papel de manualidades, el poliéster sintético memoriza su arquitectura plisada tridimensional.

Tecnología de plisado de prendas: Memoria química, papel de manualidades y distorsión 2.5x

El plisado es antiguo; el plisado de prendas fue la invención de Miyake. En las artes decorativas occidentales, los pliegues en acordeón se remontan a los vestidos de seda Delphos de Mariano Fortuny de 1907 y a los atelieres de artesanía parisinos como Gérard Lognon. Sin embargo, el plisado tradicional sufría de un defecto industrial fatal: la tela se plisaba *antes* de ser cortada. Los patronistas tenían que cortar en textiles pre-plisados, coser costuras frágiles que se aplanaban bajo el pie de prensa e instruir a los clientes adinerados para que enviaran sus prendas a través de continentes para una delicada limpieza en seco. El agua borraba los pliegues al instante. Los pliegues tradicionales eran lujos de alto mantenimiento.

Entre 1988 y 1989, Miyake invirtió toda la secuencia cronológica. En lugar de plisar tela cruda, decidió plisar la prenda terminada. El concepto sonaba absurdo para los sastres tradicionales: ¿cómo se hace pasar una camisa tridimensional o un par de pantalones a través de una máquina de rodillos plana sin aplastar las sisas o romper las costuras?

El protocolo industrial requería una química de materiales precisa y valentía mecánica. Miyake abandonó las fibras naturales, seleccionando un twill de poliéster monofilamento 100% de peso pluma diseñado por los gigantes textiles japoneses Toray y Teijin. Trabajando dentro de su laboratorio de investigación en Tokio, los técnicos cortaban y ensamblaban prendas a casi 2.5 a 3 veces sus medidas humanas terminadas. Una camisa parecía un gigantesco paracaídas de payaso con mangas cavernosas y dobladillos alargados.

Luego vino la transformación térmica. Los técnicos plegaban a mano la prenda de poliéster sobredimensionada, colocándola plana entre dos hojas personalizadas de papel de manualidades reciclado japonés. El paquete envuelto en papel se alimentaba a través de una prensa mecánica caliente que funcionaba a exactamente 200°C (392°F). Bajo intensa calor y presión neumática, la física termoplástica tomaba el control: las cadenas de polímeros sintéticos alcanzaban su punto de transición vítrea, se derretían ligeramente y reorganizaban permanentemente su estructura molecular cristalina alrededor de los pliegues del papel de manualidades.

Cuando el sándwich emergía de los rodillos y se enfriaba, los técnicos retiraban el papel como si estuvieran pelando una piel protectora. La gigantesca prenda se había contraído a proporciones humanas, estampada con bordes arquitectónicos permanentes y afilados como una navaja. La memoria sintética estaba bloqueada para siempre. El agua no podía deshacer los pliegues; el detergente no podía relajarlos. La prenda podía lavarse en un lavabo de baño, colgarse sobre una barra de ducha para secarse en veinte minutos y enrollarse en un apretado espiral dentro de una maleta sin arrugarse. La plancha era obsoleta.

Lanzado comercialmente en 1993, Pleats Please democratizó el vestido de vanguardia. Mientras colegas como Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto desplegaban lana negra para construir armaduras intelectuales protectoras, Miyake inundó las calles con brillantes azules cobalto, amarillos ácidos y rosas bermellón. Sus pliegues se movían con la velocidad de la vida moderna. Madres, bailarines, arquitectos y viajeros adoptaron la línea como una herramienta esencial del día a día, borrando la frontera entre la alta costura de pasarela y la utilidad doméstica diaria.

Two Pleats Please Issey Miyake pleated polyester suits displayed on mannequins at Galleria del Costume in Florence
Dos conjuntos de Pleats Please en poliéster micro-plisado, 1995. Fotografía de Sailko, Galleria del Costume, Palazzo Pitti, Florencia, Wikimedia Commons, CC BY 3.0. Diseñados para enrollarse en tubos compactos sin arrugarse ni requerir una plancha, los pliegues industriales democráticos de Miyake abolieron los rituales de mantenimiento de la moda burguesa.

Coreografía cinética: William Forsythe, El Ballet de Fráncfort y fricción cinética

La tela vive solo cuando se mueve. Miyake detestaba la inercia estática de los maniquíes y modelos de pasarela que deambulaban por las pasarelas con pasos aburridos y de madera. Entendía que sus pliegues eran instrumentos cinéticos cuya geometría solo podía revelarse a través de la fuerza centrífuga, la aceleración y el agotamiento corporal.

En 1991, el coreógrafo estadounidense William Forsythe invitó a Miyake a diseñar los trajes para la producción del Ballet de Fráncfort de La Pérdida de Pequeños Detalles.. Forsythe estaba llevando a cabo su propia deconstrucción radical del ballet clásico, empujando a los bailarines a hiperextensiones extremas, trabajo frenético en el suelo y sprints atléticos rápidos. Los trajes de escenario tradicionales—tutus, jubones rígidos y leotardos restrictivos de licra—se rompían bajo la tensión o bloqueaban las articulaciones pélvicas.

Miyake entregó cientos de túnicas, leotardos y pantalones acampanados de poliéster plisado a medida. El ensayo en el escenario produjo un impacto inmediato. Cuando los bailarines saltaban y se contorsionaban por el escenario de Fráncfort, los micro-pliegues se expandían radialmente como fuelles de acordeón, resonando con el torque muscular de cada extremidad antes de volver instantáneamente a la piel. La tela actuaba como un sistema respiratorio externo. El aire pasaba a través de las crestas de poliéster, capturando las luces del escenario y haciendo visible la velocidad para la audiencia en ondas iridiscentes.

Forsythe se dio cuenta de que las prendas de Miyake no solo vestían la coreografía; la generaban activamente. Los bailarines descubrieron que el látigo centrífugo de los puños plisados y los dobladillos acampanados proporcionaba retroalimentación táctil, alterando su equilibrio y propulsándolos en giros. La colaboración en Fráncfort cimentó la convicción de Miyake de que el plisado de prendas no era un adorno superficial, sino una arquitectura dinámica diseñada para la libertad cinética sin restricciones.

La lente escultórica: Irving Penn y la silueta autónoma

La mayoría de los diseñadores de moda se inquietan nerviosamente sobre los fotógrafos, exigiendo ángulos favorecedores, ángulos comerciales y rostros de celebridades reconocibles. Miyake hizo lo contrario: se mantuvo alejado. Durante trece años, entre 1983 y 1999, Miyake confió la documentación visual de sus colecciones estacionales al legendario fotógrafo estadounidense Irving Penn.. A través de más de cuarenta sesiones editoriales en el estudio de Penn en Manhattan, Miyake nunca asistió a una sola sesión de fotos. Le dio a Penn carta blanca.

Their creative exchange was conducted entirely through the mail. Twice a year, Miyake’s Paris staff packed shipping trunks with garments and sent them across the Atlantic to Penn’s studio on Fifth Avenue. Penn worked with a single stylist, Jun Kanai, dressing dancers and contortionists against seamless white paper rolls under harsh, raking tungsten light. He stripped away all contextual distractions—no sets, no props, no lifestyle fantasy.

Through Penn’s 8×10 view camera, Miyake’s creations ceased to look like commercial clothing. Rattan corsets resembled tribal shields; molded plastic bustiers evoked futuristic insect carapaces; oversized pleated polyester tunics surged across the frame like volcanic basalt formations or primeval deep-sea creatures. Penn photographed the garments from severe profiles, emphasizing structural tension, hard shadow, and unexpected volume.

When the contact sheets arrived in Tokyo, Miyake studied them with genuine astonishment. Penn showed Miyake possibilities within his own garments that the designer had never consciously conceived while drafting at the cutting table. The images validated Miyake’s core premise: once severed from the designer’s hands, a truly innovative garment functions as an autonomous sculptural object, capable of generating its own visual poetry when confronted by an uncompromising lens.

El uniforme modernista industrial: Steve Jobs y la abolición del adorno

The purest realization of Miyake’s industrial philosophy emerged not on a runway, but in the everyday wardrobe of Silicon Valley’s most exacting modernist. In the early 1980s, Apple co-founder Steve Jobs visited Sony headquarters in Shinagawa, Tokyo. Touring the assembly floors alongside Sony chairman Akio Morita, Jobs noticed that every worker—from factory-line assemblers to senior executives—wore identical dark jackets. When Jobs inquired, Morita explained that in postwar Japan, factory workers had few clothes to wear; Sony had hired Issey Miyake to design a durable, high-tech uniform that united employees and eliminated social friction.

Miyake’s Sony jacket was a masterpiece of utilitarian industrial design: crafted from ripstop nylon with zip-off sleeves, it transitioned seamlessly from warm factory floors to chilly outdoor commutes. Jobs was captivated. He returned to Cupertino and lobbied Apple employees to adopt a company uniform designed by Miyake. The proposal was laughed out of the room by Silicon Valley engineers who treasured their casual flannel shirts and sneakers. The corporate uniform was dead.

Jobs pivoted. If Apple would not wear a uniform, he would wear one himself. He reached out to Miyake directly, asking the designer to produce a personal wardrobe that would liberate him from daily wardrobe decisions and reflect his austere, Bauhaus-inspired design ethos. Miyake responded by producing approximately one hundred identical black mock-turtlenecks, engineered from a breathable, fine-gauge silk and cotton knit.

For the remainder of his life, Jobs wore that black turtle neck at every keynote presentation, product launch, and public appearance. The choice was not celebrity eccentricity; it was pure functionalist discipline. Like Miyake’s pleats, the black mock-turtleneck eliminated cognitive drag. It served as a uniform for intellectual labor, aligning Silicon Valley computational minimalism with Miyake’s lifelong mission to strip away decorative vanity in favor of durable, functional utility.

Alquimia de materiales: Papel washi, PET reciclado y las matemáticas 132 5

Miyake never stopped treating fashion as material science. In 2007, he stepped back from daily runway presentations to establish 21_21 DESIGN SIGHT—a multidisciplinary design research museum in Tokyo designed by architect Tadao Ando—and founded the Reality Lab research team. The mission was explicit: develop regenerative manufacturing systems that address environmental collapse through advanced mathematics and recycled industrial matter.

In Autumn 2010, the Reality Lab launched 132 5. ISSEY MIYAKE. The enigmatic numbers encoded a precise topological formula: a single piece of cloth (1) takes on a three-dimensional shape (3), is folded completely flat into two dimensions (2), and when picked up by the wearer, expands into a fifth dimension (5)—the dimension of lived time and movement. Working with computer scientist Jun Mitani, the team applied algorithmic 3D geometry to fold garments entirely flat along laser-creased geometric tessellations, exactly like algorithmic origami.

The material composition was equally radical. Miyake rejected virgin textiles, partnering with Teijin to utilize Eco-circle fibers—a closed-loop polyester yarn chemically recycled from discarded plastic bottles and post-consumer synthetic garments. The resulting geometric polygons lie entirely two-dimensional on a table; when the wearer lifts the collar, the flat origami polygon effortlessly pops up into a sculptural tunic, dress, or jacket without requiring internal bone structures or tailored armholes.

This technological daring was grounded in deep historical roots. Throughout his career, Miyake balanced space-age synthetic polymers with ancient Japanese craft traditions. He spent decades collaborating with rural artisans in Tohoku and Kyoto, combining handmade mulberry washi paper with raw linen, experimenting with natural indigo vat dyeing, and weaving coarse ramie on century-old wooden shuttle looms. He refused to view technology and handcraft as opposing forces. To Miyake, a hand-carved wooden shuttle and a computer-controlled jacquard loom were simply tools along the same unbroken continuum of human ingenuity.

His passing in August 2022 marked the departure of fashion’s most fearless technologist. Yet his legacy remains alive wherever cloth meets kinetic energy. In an industry still intoxicated by seasonal disposability, digital hype, and superficial luxury, Miyake’s five decades of work offer an uncompromising alternative: clothing that respects the earth, embraces the machine, and frees the human body to dance.

Referencias y lecturas adicionales

Créditos de imagen

Boris Bidjan Saberi P23 Pantalones P34 Vinilo Encerado Primer plano

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